DESPLIEGA PESTAÑA

domingo, 15 de abril de 2018



OBRA LITERARIA





Adamar
seguido de
En todos los espejos

Una acertada cita de Saint-Exupéry (“lo esencial es invisible a los ojos”) proyecta el contenido del libro de María del Valle Rubio. Un libro pausado con 33 composiciones, que ha buscado una vez más, pero ahora mirando “en todos los espejos” de la vida (¿acaso María del Valle no lo había ya hecho antes?), descubrir los temas favoritos de la autora: las respuestas invisibles, sobre todo de las mujeres, al comportamiento severo o anecdótico derivado del amor y el desamor.
Hay un buen repertorio de respuestas a la esencia invisible de la vida. Si estoy esperando en el andén “Mi tren que nunca llega” (“bien sé que no estoy sóla…”) se desata la nostalgia de la vida; la sorpresa de un baile en solitario y algo burlón (“un hombre con sombrero/ interrumpe de pronto en mi vigilia”) nos devuelve al “deseo enmascarado”; un encuentro casual te descubre la verdad de tu pareja (“por tu forma de ser asceta y penitente renunciabas a mi”); un techo como un “retablo de imágenes” te resume en múltiples instantáneas los símbolos de tu vida: el toro, el hombre, la serpiente…; en ocasiones una carta (un “mensaje”, un “watsApp”) que nunca llega (“la tardanza del hombre”), te anuncia la desesperanza al tiempo que te advierte, igualmente, del absurdo de ”empecinarse en sacar agua/ de pozo seco”; otras veces nos mantenemos sólo con “esperar el regreso de Ulises”, ¿…la vida como una epopeya homérica de la que siempre esperamos una respuesta satisfactoria?; o, por qué no, la llegada de la lluvia te retrotrae a la infancia (“a las horas del reloj de la niñez”) cuando “era un primor coser”, “padre (…) predicaba su verbo incontinente”, …y “otra vez la niña se declara en rebeldía”. 
María del Valle Rubio tiene una dilatada y premiada obra poética (Residencia de olvido, Premio Barro, 1982; Clamor de travesía, Premio José Luis Núñez, 1986; Derrota de una reflexión, Premio Florentino Pérez-Embid, 1986; El tiempo insobornable, Premio Bahía, 1989; Museo interior, Premio Nacional Rafael Alberti, 1990;  La hoguera infinita, Premio Nacional San Juan de la Cruz, 1992; Sin palabras, Premio Rosalía de Castro, 1995; Acuérdate de vivir, Premio Antonio Machado, 1998, etc.), que refleja a través del dominio de la técnica el canon literario de la modernidad introspectiva, con algunas concesiones clásicas en su nueva obra, como “superaré la noche,/ alcanzaré una rosa/ antes que brille el sol y la deshoje” en Calle con un verbo por verso, o “sembrando la distancia de claveles,/ la noche de magnolias/(…) /creciendo como el chopo,/ bajando como el río/ y gritando tu nombre” en Utopía, un modelo de geografía lírica. Pero sobre todo sus composiciones atraen y cautivan al lector por ahondar en respuestas personalizadas, que no excepcionales o rebuscadas, escritas con palabras sencillas, a los, tantas veces, más osados tormentos de la vida.
No sabemos qué nuevos poemarios nos regalará la muy premiada María del Valle a futuro, pero en este último (En todos los espejos) vuelve al principio, cuando Residencia de olvido, aunque ahora declare que “tan sólo me propongo olvidar tanto olvido” (Olvido).
Fernando Díaz del Olmo (Junio, 2018)
Catedrático de Geografía Física. Universidad de Sevilla





Reseña de la Antología Poética “ADAMAR, seguido de EN TODOS LOS ESPEJOS”,
                                                          obra de María del Valle Rubio.

   María del Valle Rubio nos brinda un entrañable compendio de su poesía –hasta 2018- con el título de “Adamar –seguido de ‘En todos los espejos’-“.  El volumen se cierra aportando así al final su obra más reciente.
   La palabra “Adamar” puede verse como un derivado intensivo del verbo “amar”, muy afín al contenido de los libros incluidos, de “amar” sin límites.  “En todos los espejos” sugiere la mirada abierta de una mujer pintora y poeta, que no deja escapar resquicio alguno de realidad, ni de corazón.
   En cuanto a la forma poética, predomina el verso endecasílabo, jugosamente apoyado –a modo de silva- por la compañía del heptasílabo.  El dominio del ritmo por parte de la autora es tan presente, que incluso en el libro “Cibernáculo” (de 2011), escrito en prosa poética, dicha pauta rítmica se hace sentir, comunicando gran sonoridad a las frases.
   En adelante, y para facilitar la consulta, daré el número de página en las citas que haga.
   Resalta en todo el volumen la frecuente mezcla de realidad y metáfora idealizadora, que confiere altura y dignidad a la dicción.  En este aspecto, me llaman la atención los siguientes pasajes: “por qué río se van sin remisión / los ojos de los niños.” (34);  “y nosotros, huidos de nosotros / acariciamos tristes nuestra fuga.” (43);  “y solo queda el alma a la intemperie.” (98); “no queda en el jardín ninguna duda / para la floración / y el blanco vientre de la nube avanza / con su preñez altiva.” (105);  “mi tren que nunca llega.” (205 –comienzo de un poema significativamente titulado  “EL ANDÉN”-);  “a lo mejor mañana puede ser / el día señalado para colgar el tedio / en la percha más alta del olvido.” (240)…   Este entrecruzamiento de realidad y ficción a veces lleva a una “ruptura de sistema” -como nos enseñara Carlos Bousoño-, quebrando la pauta esperada. Así, por ejemplo, ocurre en este endecasílabo acentuado en las sílabas 4ª y 8ª: “La larga noche del camino oscuro.” (209).  Suena tan bello, que casi olvidamos la posible frase más lógica que sería “La oscura noche del camino largo”, también un aceptable endecasílabo.   
   En este orden de cosas, es asimismo significativo el “oxímoron” o encuentro de opuestos que a veces nos sorprende, como “Convertir la ceniza en otro vuelo.” (55).
   La poeta-pintora tiene tan asumidas ambas artes, que en su producción pictórica se advierte un toque de poesía y –por lo que ahora nos concierne- también viceversa:  hay vocación pictórica en su poesía.  Aportaré algunas citas, referentes a colores o a espejos: “trazo el río con un poco de añil” (221); “se van muriendo lentos mis peces de colores / mientras avivo el fuego” (21); “todo es posible / en el mar del espejo.” (123);  “allí donde me miro, te reflejas.” (86).  Dudamos si de hecho nos encontramos en un taller de pintura, o bien en la mesa de trabajo donde se escribe poesía.  El título del más reciente libro “En todos los espejos”, abunda en esta vivencia, pues su autora trata en él de rescatar mediante la mirada poética el tiempo transcurrido.
   Me parecen muy apreciables ciertas reflexiones de María del Valle donde se vale de la función metalingüística o metapoética, a saber:  lenguaje para hablar del lenguaje, o poesía para hablar de la poesía.  En tal línea se encuentran varios versos: “los ecos de este canto, mi aventura / de creerme mujer enamorada/ y engendrar un lenguaje / común e intransferible.” (89);  “y hasta el último verso de mi canto.” (182).  Me resulta sumamente curioso el poema titulado “Infinitivo” (141), que se refiere al infinitivo verbal y abunda en su uso, por cuanto tal forma comporta de proyecto abierto o acción en perspectiva.  Así se puede apreciar especialmente al final del citado poema, con un infinitivo en cada verso: “y si pudiera ser, / buscar una rendija / para leer un verso.” (141).
   Me llaman a atención ciertos toques de psicología, donde asoman a una la intuición femenina y la expresión popular: “nunca es tiempo / para gritar te quiero.” (83); “contemplo la evidencia sorprendente:  siempre te favorece algún descuido.” (85); “la niña se declara en rebeldía.” (citado como palabras de su madre) (224); “ha nacido el temor / en la niña que soy; en la mujer que temen / y que no reconozco.” (227).
   Para ir terminando, citaré algunas frases que me han impactado vivamente, como máximas de vida conquistadas con tesón y fuego interior: “en tu mano, mi mano.  La constancia / de un segundo infinito.” (84);  “solo quien canta olvida.” (99); es el día ideal para salir / afuera de nosotros” (145); “no puede silenciarse tanto amor / ni guardarse en secretos abismales.” (178);  “es habitable el mundo / si encuentras tu ciudad en cualquier parte.” (133); “estoy al borde / de encontrarme conmigo.” (231);  “pero el tiempo te dio una tregua de vida.” (243).  Son palabras ciertamente orientadoras para toda ocasión.
   Como síntesis final, citaré la visión poética de una amapola, flor sumamente efímera –como sabemos- donde residen casi simultáneamente la muerte y la vida: “y moría al poco de nacer. /  Y vivía en grito permanente.” (197).
   Ahí veo compendiado el precioso mensaje de estos libros.  Y para que sea la autora quien cierre esta reseña, acudo de nuevo a sus palabras, ricas –por cierto- en infinitivos:
“Amar para vivir o vivir para amar?                                                                                                                                Vivir para morir enamorada.” (192)   

                                    Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala.
                                               Universidad de Sevilla