San Pablo, 1 Corintios 13: 4-6

El amor es sufrido, es benigno;

el amor no tiene envidia,

el amor no es jactancioso, no se envanece;

no hace nada indebido, no busca lo suyo,

no se irrita, no guarda rencor;

no se goza de la injusticia,

mas se goza de la verdad.

Todo lo sufre, todo lo cree,

todo lo espera, todo lo soporta.


DESPLIEGA PESTAÑA

lunes, 15 de agosto de 2011

AQUELLO QUE NOS SALVE



La vida es así, me digo, pero, ¿cómo es la vida? Puede ser de muchas formas y maneras, según sucedan los acontecimientos que nos afectan y la forma o manera cómo nosotros los recibimos, los disfrutamos o los sufrimos. Ahora es silencio, nostalgia, recuerdo. Nunca se sabe y siempre se teme, se intuye o se barrunta que algo está por llegar y que nunca se sabe también cómo va a afectarnos. Cuando menos se espera salta la liebre. ¿Y cómo será esa liebre, si vendrá en son de paz o nos desestabilizará toda nuestra compostura y estabilidad? Y está el deseo patente de ser y de compartir, de dar y de recibir, pero no, no hay respuesta, el mundo se quedó al margen y yo me quedé conmigo. No quiero la respuesta a cualquier precio, de cualquier modo. Quiero lo que quiero. Y si no puede ser así, en ese “no” me refugio y lo convierto en templo y soledad sonora que me envuelva en su música y que me diga que ya lo tengo casi todo y que sólo me falta ese cariño que siempre deseé y que yo hoy lo concibo tal alto, tan perfecto, tan espiritual… Mejor así, sin prisas, sin venderse al mejor postor, midiendo las palabras y los pasos, huyendo de la idea de que un hombre es necesario como el agua. Sólo puede ser imprescindible aquello que nos salve; nunca lo que nos dañe y mortifique.





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